Adelgaza o muere

Son las dos de la mañana y no puedo dormir. Es la hora en la que se permiten mostrar las vergüenzas y la televisión lo sabe. Pongo la caja tonta y entre canales de póker online y anuncios de la teletienda, ahí está: el programa “Mi vida con 300 kilos”. 

Pasó hace unos meses y desde entonces habré visto unos diez episodios sin que haya bajado ni un ápice el horror que sentí la primera vez. Soy plenamente consciente de que he visto ese programa porque todos tenemos algo de gordofobia interiorizada (la mía, bien alimentada, entre otras cosas, por el ballet y la moda de la extrema delgadez típica de la primera década de los 2000), y que es eso lo que hace que no pulse el botón de apagado. De hecho, soy incapaz de ver cualquier reality show porque me aburren sobremanera y resulta que éste, que hace que el miedo y el rechazo me invadan a partes iguales, me deja pegada a la pantalla. Y creo que es porque los cuerpos que se exhiben ahí, precisamente porque son extremos, ahondan en el imperativo social de la delgadez a través de la patologización y espectacularización del cuerpo obeso. Vamos a ello.

“Mi vida con 300 kilos” es uno de esos hijos (i)legítimos de “Gran Hermano” y de aquellos programas que en los comienzos del milenio hicieron estallar las fronteras entre la realidad y el show. A pesar de que hoy los realitys están presentes hasta en los canales mainstream y abarcan temas tan dispares como la infidelidad (“La isla de las tentaciones”), o la comida (“Masterchef”, emitido en la televisión pública incluso con niños mediante), y de que cada vez cuesta más encontrar la diferencia entre la realidad y la ficción en la propia prensa y hasta en el telediario, el canal DKISS parece haberse especializado en programar cuerpos como espectáculo. En la publicidad de “Mi vida con 300 kilos” amenazan con otros programas donde los cuerpos son los protagonistas, como uno sobre cosas terribles que sucedieron en urgencias (al parecer, interpretado por actores peores que los de las pelis de sobremesa de Antena3), otro sobre personas con problemas de piel a cada cual más repugnante, o uno sobre una veinteañera que tiene el aspecto de una niña de ocho años debido a una patología.

“Mi vida con 300 kilos” o “Kilos mortales” como se llama en Latinoamérica, muestra en cada capítulo a una persona con obesidad mórbida mientras se somete al tratamiento del famoso doctor Nowzaradan, un médico especialista en tratar a este tipo de pacientes que combina un aspecto de anciano entrañable con abroncamientos a quienes suben de peso (¿alguien se imagina a una persona enferma de cualquier otra cosa recibiendo una regañina diaria?). Todos los programas que he visto cumplen un estilo narrativo que puede resumirse así: un protagonista de más de 300 kilos narra su vida frente a la cámara empezando por su infancia, en la que las fotografías de su niñez son aderezadas con una voz en off que a menudo revela historias terribles de abandono familiar, pobreza, bullying y, sobre todo, abuso sexual en el caso de las mujeres. En lugar de centrarse en estos problemas estructurales, la narración cuenta cómo el protagonista iba engordando más y más hasta llegar a una situación que a menudo tildan de “adicción a la comida”. La cámara se ceba entonces en las imágenes de su día a día que les muestra siempre comiendo, inmóviles en sus camas o sofás, quejándose de dolor, o incapaces de realizar acciones cotidianas como vestirse, ducharse o ir al baño. En algunas ocasiones, estas personas están desnudas y un pixelado tapa las partes del cuerpo que hubiesen hecho tener que poner varios rombos hace unos años. 

Es entonces cuando entra en juego el famoso doctor Nowzaradan, al que todo el mundo trata como si fuese una especie de mesías de la delgadez. Los pacientes sueñan con ser aceptados en su programa y poder, por fin, ser sometidos a una operación de reducción de estómago. Todo en su consulta es tan solipsista como la sociedad norteamericana. Lo primero que se encuentran es una medición de su peso que se hace en una sala de espera común para, acto seguido, ser interrogados por sus hábitos alimentarios en privado. El discurso del médico-mesías es el de la autoayuda y la superación: ellos deben ser valientes, controlar su adicción a la comida, luchar por su salud y adelgazar para ser felices. Los pacientes deberán ser los héroes de su propia historia, así, de forma individual, historia que será televisada y vista por todo el país (con altos índices de audiencia, por cierto). Si se esfuerzan lo suficiente y adelgazan determinados kilos en dos meses, serán aceptados en el programa de pérdida de peso. Si no, tendrán que abandonarlo. Queda claro: el reto es bajar de peso, la meta la delgadez y el medio para conseguirlo bajar la ingesta diaria de calorías.

Considero que este programa, precisamente porque narra casos excepcionales y extremos, es aleccionador para el conjunto de la sociedad. No es porque haya ningún señor ni ninguna empresa concreta detrás de él para no sé qué estrategia secreta. No hace falta. Su emisión y su éxito forman parte del mantenimiento del statu quo que hace de la delgadez el único ideal de belleza y criminaliza la gordura. Este discurso, como todos los plenamente asentados, es difícil de ver porque está interiorizado. No hay ninguna ley que diga que se debe considerar que los cuerpos gordos son en sí mismos feos y enfermos, y si cualquiera puede ver belleza en un cuerpo gordo es porque, de hecho, no es difícil verla. Estos imperativos sociales funcionan de forma indirecta y sibilina. Se cuelan en la publicidad, en la música, en el discurso público y construyen nuestra autoestima en diálogo con el entorno y el ideal de belleza de nuestra época. Como dijo Paul Válery: «Igual que el agua, el gas y la corriente eléctrica vienen a nuestras casas para servirnos desde lejos y por medio de una manipulación casi imperceptible; así estamos también provistos de imágenes y de series de sonidos que acuden a un pequeño toque, casi a un signo, y que del mismo modo nos abandonan».

Lo que da a entender este programa es que la gordura puede acabar siendo enfermiza (¿te vas a comer esas galletas? cuidadito con engordar unos kilos, fíjate qué normales parecían ellos al principio) y que es un problema individual, nunca social. Primero, por la asociación de la delgadez al control y, segundo, porque en ningún momento se hace mención a los problemas sociales de las personas que participan en él.

Se considera que las personas son culpables de engordar porque, tal y como explica Vigarello en Historia de la obesidad, desde los años veinte del siglo pasado la delgadez es símbolo de control. Y de aquellos barros, estos lodos. Da igual que no sea cierto, es una asociación profundamente arraigada según la cual si estás gordo es porque has perdido el control sobre tu cuerpo, porque no sabes controlar tu impulso de comer. Si no eres capaz es porque no eres lo suficientemente fuerte o no tienes la suficiente fuerza de voluntad, porque te has abandonado. Esta idea está presente a lo largo de todo el programa, cuya voz en off insiste una y otra vez en que son ellos solitos quienes acuden a la comida como medio de solución de sus problemas. Por eso, como sucedía con Rosa de Operación Triunfo, se celebra públicamente cada kilo perdido y se abronca a quienes los ganan o no consiguen perderlos. Si en la visita al médico la báscula no dice lo que tiene que decir, empieza un interrogatorio para analizar las causas del sobrepeso que casi parece un juicio público y en el que el culpable es el protagonista y su falta de voluntad. Con un añadido: esto se hace en nombre de la salud. Eh, que es por tu bien. Lucha, querido gladiador del peso, porque si no, morirás. Literalmente. 

En esta espectacularización de la pobreza, la enfermedad, y la gordura, de esos cuerpos que la sociedad tilda de monstruosos, no hay ni una sola mención al contexto social de sus participantes. Este programa está rodado en Texas, Estados Unidos, un país donde la sanidad es privada. Muchas de las personas que participan en él son enfermos crónicos que no pueden trabajar, luego no tienen seguro médico. No es de extrañar que muchos acepten salir en la televisión a cambio de un tratamiento gratuito que, de otra forma, no podrían permitirse porque cuesta miles de dólares.

Se sabe que el peso y la clase social tienen mucho que ver. A menudo los padres de niños de clases pudientes pueden decirles que no a esos pequeños placeres que da la comida (un chocolate después del colegio, una cena de comida rápida), porque les dirán que sí a las cosas grandes (un viaje, una ropa de marca). Las clases más desfavorecidas ceden más en esas pequeñas cosas diarias porque esas sí que se las pueden permitir. Numerosos estudios han confirmado que en nuestra sociedad quienes tienen mejores ingresos comen mejor. Entre otras cosas porque los productos vegetales y los altos en proteínas son más caros y porque las clases pudientes disponen de lo más importante: tiempo para cocinar alimentos o dinero para pagar a alguien que los cocine por ellos. Ya no hay una figura femenina encargada de cocinar alimentos para toda la familia tres veces al día, y cuando se tiene un trabajo alienante y se llega agotado día tras día, se cocina lo primero que se tenga a mano. La alimentación se educa y tiene clase social.

Además de las cuestiones de clase, el programa hace caso omiso a las de género. En este programa aparece una cantidad alarmante de mujeres con obesidad mórbida que han sufrido abuso sexual. Es desolador porque han interiorizado un mensaje atroz que, aunque son ellas quienes viven en sus propias carnes, es para todas: si estás gorda no eres deseable.

Aunque no me acuerdo de su nombre, no puedo olvidarme del programa dedicado a una chica dulce, inteligente y preciosa que había tenido un cuerpo normativo hasta que la violaron. Fue entonces cuando decidió empezar a comer directamente para engordar, porque según sus palabras “así no le gustaré a nadie y nunca más me volverán a hacer eso”. Vivía con su novio, un hombre al que había conocido cuando ya había engordado más de 200 kilos, y al que estaba muy agradecida por quererla, un hombre que parecía estar tan a gusto con que estuviese impedida que se mostraba visiblemente molesto ante la posibilidad de que la estricta dieta que le imponían en el hospital pudiese cambiar su cuerpo. “Así te aseguras de que no esté con nadie más, ¿eh?”, le dijo el doctor Nowzaradan con una sonrisa cuando se enteró del problema. El chico asintió y pasaron a la siguiente escena. Su historia se vendió como un éxito porque consiguió adelgazar. 

Es evidente que la gordofobia afecta a toda la sociedad, pero es mayor para las mujeres porque sobre nosotras recae el imperativo patriarcal que dice que vales por cómo es tu cuerpo. Demasiados siglos de estricto patriarcado como para que unas pocas décadas de igualdad legal puedan acabar con prejuicios tan arraigados. Da igual que tengas un trabajo exitoso, que seas muy lista o que hagas el pino-puente. Si no eres bella, no te van a querer, y ¿qué cosa peor podía pasarle a una mujer antaño? En nuestra sociedad, al menos desde que Cocó Chanel se lo inventó allá por el siglo pasado, el bombardeo mediático tiene matices, pero dice básicamente que si no estás delgada no puedes ser bella. Las mujeres que aparecen en el programa, que están en un extremo del tabú del peso, lo saben y lo enuncian de una forma meridianamente clara.

Sí, ya sabemos que no es verdad, que no hay una sola forma de entender la belleza y que no se puede borrar del mapa público del deseo a los cuerpos no normativos, pero da igual. Esto no es racional, no deja de ser operativo porque pensemos que no es cierto o porque pataleemos porque lo vemos injusto. Las consecuencias de lo que se consideran kilos de más las sufren quienes los tienen, pero el mensaje es para todas, también para quienes tienen una talla normativa. Es por eso que hay tantas acciones cotidianas que son difíciles para quienes tienen interiorizada la gordofobia, estén gordas o no: ponerse un bikini, desnudarse en la consulta de un médico o vestirse con ropa ajustada pueden convertirse en una odisea insufrible. No es de extrañar que tantas mujeres estén aterradas ante la posibilidad de engordar o que prefieran estar locas a estar gordas. La industria lo sabe y saca millones de ello. 

Todos, en mayor o menor medida, somos cómplices de este panóptico que vigila el peso. La imagen corporal de cada uno se construye con la mirada del otro y la amenaza de la gordura es para todos. En esta política del terror a los kilos de más colaboran de manera directa los comentarios que la prensa hace sobre el cuerpo de las famosas, pero también esos comentarios aparentemente inocuos del entorno sobre el peso (te veo mejor, ¿has adelgazado?; ¿vas al gym a hacer cardio en vez de pesas? pues las pesas son mejores para adelgazar), un recordatorio cotidiano de un mandato no escrito que controla, siempre en nombre del bien y la salud, que nada se salga de su sitio. Lo mismo que hace este programa.

«Mi vida con 300 kilos» sirve en bandeja los miedos del primer mundo a través de un espejo deformado que nos devuelve una imagen distorsionada de todas las miserias sociales. Para ello, utiliza el cuerpo de personas reales a quienes usa como chivo expiatorio para el escarnio público. No es a sus participantes, sino la forma que tiene el programa de tratarlos lo que debemos rechazar.

Hace unas semanas emitieron la historia de Sean, un muchacho veinteañero que es a todas luces pobre. Su padre le abandonó y, al poco tiempo de empezar el tratamiento, se muere la única persona que le cuidaba, su madre. Sean es un crío enfermo y pobre que está solo. A lo largo del programa vemos cómo recae una y otra vez en lo mismo; cuando está solo en su casa, no es capaz de seguir la estricta dieta; cuando le ingresan en el hospital y le brindan apoyo social, se estabiliza. Es obvio que Sean mejora cuando le acompañan.

Una de esas veces que le dan el alta, Sean se muere. Desde un primer plano mirando a cámara, el doctor Nowzaradan nos dice que el paciente se dio por vencido, que se rindió, que no pudo superar su adicción a la comida y que lo lamenta pues “tenía muchas ganas de verle triunfar”, pero que quiere que le recordemos como un chico que luchó hasta su último momento. Un chico que, aunque cometió errores, se esforzó por conseguir su objetivo de bajar de peso.

No creo que en la bondad intrínseca de las víctimas, pero tampoco creo que debamos negar su condición ni sus padecimientos. En el cuerpo de Sean confluyen muchas violencias de nuestro sistema cuya solución no dependía solo de su esfuerzo personal.  

Quiero recordarte, Sean, como una víctima del sistema. Como una persona enferma que no necesitaba ser un héroe, sino ser cuidada. Como un ciudadano de un país sin seguridad social, que tiene la tasa de obesidad más alta del mundo, que estaba completamente abandonado por su familia y su entorno y cuya desgracia fue grabada y televisada durante meses por un programa que ganó dinero exhibiendo su enfermedad. Y que al final le pasó algo totalmente humano, que no tuvo fuerzas. Y otra gente, como yo, lo vio. 

Escribo esto en tu memoria, Sean. 

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