El Ministerio de la Imaginación

¿Los conejos comen zanahorias?

Si muchos urbanitas pensamos que a los conejos les encantan las zanahorias es porque así nos lo han mostrado los dibujos animados. Antes de que Bugs Bunny se hiciera famoso, la mayor parte de la gente sabía de sobra que no. Resulta que las zanahorias tienen un alto contenido en azúcar y a los conejos, como a los niños y a otros humanos no tan bajitos, les sienta regular. ¿Influye la ficción en nuestras ideas? Rotundamente, sí. Este es el motivo por el que cada vez que a Disney le da por hacer una adaptación al siglo XXI en la que, qué se yo, haya por ejemplo una sirenita negra, los mismos que acusan a los millennials de tener la piel muy fina se enfrascan en debates soporíferos sobre la adecuación o no del color de piel que debe tener un dibujo animado de un pez con pechos de mujer. En el fondo, hasta ellos saben que las ficciones importan, por eso les dedican tanto tiempo. 

Y en eso tienen razón, las ficciones son esenciales en nuestra vida. Con los relatos se difunden valores, una buena dosis de los cuales se construyen a través de aquellos que oímos en nuestro entorno. Con los cuentos que nos enseñan de niños, con la música que escuchamos o con las series que vemos se crea una atmósfera subliminal que nos enseña cómo está configurado el mundo y nos anima a entenderlo. Aunque sea parte esencial de nuestra vida, estos valores no parecen enseñarse de forma directa: no es tan importante que a uno le den una charla en el colegio sobre la importancia de portarse bien y cuidar de los mayores como escuchar Caperucita Roja durante años antes de dormir. 

Es por esto que me ha dejado patidifusa el nuevo anuncio publicitario del Gobierno que, bajo el hashtag #BastaDeDistopías se dirige a los más jóvenes de una forma bastante explícita:

No sabía que el Gobierno tuviese competencias en el plano de la imaginación, así que mi primera reacción fue de alarma, especialmente al escuchar la frase “lo que somos capaces de imaginar, somos capaces de hacer”. Este susto probablemente esté patrocinado por mi reciente lectura del libro Sonríe o muere de Barbara Ehrenreich que, tomado con la mencionada frase, ha hecho que se me indigeste el anuncio. 

Este maravilloso libro trata sobre un mal endémico que muchos ciudadanos del siglo XXI sufrimos en silencio: el del pensamiento positivo. En sus páginas, la autora analiza el origen de esta visión naíf de la vida y explica su presencia en nuestras instituciones, en las que se ha colado como las cucarachas en las tuberías. Esta plaga buenrollista hace que hasta al ir a comprar una taza o una camiseta haya que estar ojo avizor para que no te cuelen un mensajito de autoayuda. Su dosis de pensamiento mágico es, ante todo, cansina. Lo vemos en las publicaciones de instagram, en las empresas, en los colegios, y se ha colado hasta en la Iglesia, como un botafumeiro lleno de mierda que deja todo el local apestado con su olor. Se ha metido hasta el tuétano en el discurso médico: “¿tienes cáncer? Sé positiva, porque si te mantienes positiva, te curarás antes”. 

El misterwonderfulismo del “si quieres, puedes”, y el atolondramiento idiota del «si puedes soñarlo, puedes hacerlo» sobrevive gracias a una buena dosis de pensamiento mágico que asegura que lo que pasa en las cabezas tiene algún efecto, o se proyecta en la realidad de alguna manera que nunca acaban de explicar del todo. Por eso, para los guardianes de la moral, si estás alegre, tu día será más alegre porque “lo que piensas lo atraes”. Así, de la nada. Esto, además de no tener ninguna base científica, aboga por una solución individualista de nuestros problemas (“si luchas, lo conseguirás”, “lo más importante es tu actitud”), que a menudo anestesia los condicionamientos sociales de nuestros malestares (puede ser que no encuentres trabajo porque tu entorno no te ha brindado las posibilidades, o porque tienes una enfermedad incapacitante). 

Entonces, ¿quiere el gobierno decirnos que si hacemos ficciones buenas tendremos un buen futuro? Virgencita, espero que no. Pero, exactamente, ¿qué quiere de nosotros?, ¿que hagamos cuentos mejores?, ¿artículos más optimistas, tal vez?, ¿coreografías en las que saltemos y sonriamos mucho?, ¿libros con final feliz?.

No sé muy bien qué pide el Ministerio de la Imaginación, pero sí sé que ha acertado en el análisis. Estamos rodeados de distopías. Solo hay que echar un vistazo a la cultura mainstream que consumimos (series, libros) para darnos cuenta de que somos una generación preocupada. Cuando en un futuro miren nuestras ficciones, sin duda nos tacharán de ciudadanos deprimidos: angustiados por el cambio climático, por la inminente guerra, asolados por la falta de estabilidad laboral, abofeteados por los coletazos de una pandemia mundial, vagamos por el siglo XXI como perros abandonados. Estamos tan mal que hasta el Gobierno ha tenido que intervenir para recordarnos que podemos imaginar cosas bonitas. Casi nada.

La caída de un mundo donde las normas eran estables nos ha librado de muchas cosas, como de las estructuras familiares impuestas o de las injusticias de inercias sociales fraguadas durante siglos, pero nos ha dejado solos y con ansiedad. Tras los estragos de la teocracia íbamos a llegar a un mundo dominado por la razón y el progreso. Ah, qué tiempos aquellos en los que se podía soñar bonito. Bueno, es cierto que hemos mejorado en algunas cuestiones prácticas (tenemos epidural y ansiolíticos), pero hemos fracasado en la proyección general: ni han acabado las guerras, ni ha dejado de haber enfermedades, ni las mujeres trabajamos en igualdad con los hombres. 

Y aunque el hecho de que el Gobierno nos diga que imaginemos algo bonito me genera un rechazo orweliano difícil de explicar, sé que estamos huérfanos de ficciones bellas. En este ambiente prebélico necesitamos un respiro como agua de mayo. Lo cierto es que para nosotros, ciudadanos de los años veinte, el futuro es tan aterrador que solo el pasado produce certezas. Tanto es así, que un número creciente de países están votando opciones políticas del pasado porque, por desastrosas que sean, prometen certezas. El fantasma que recorre Europa promete soluciones malas, pero fáciles y, cuando uno está cansado, ya se sabe, acepta cualquier cosa. Parece que algunos en el Gobierno están entendiendo que si no ponemos freno a este síndrome del cangrejo, nos devorará para siempre. Lo sorprendente es que hayan decidido contárnoslo, como diciendo “EH, haced el favor de ficcionar bien que nos jugamos mucho”. El Ministerio del ánimo ha decidido subirle la moral a sus tropas.

No es tanto que no comparta la necesidad e importancia de imaginar un futuro bello, sino que como los gobiernos suelen limitarse a crear las condiciones materiales para que sus ciudadanos puedan vivir dignamente, esta apelación directa al plano de la imaginación me tiene noqueada. En este anuncio, el Gobierno nos insta a imaginarnos mundos bonitos. Acabáramos. Menos mal que los artistas tienden a hacer lo que les da la real gana.

El de las ficciones, y por eso el del arte, es un mundo que si bien puede relacionarse con la política, está separado de ella. Da igual que vivamos una época desquiciada, la ficción no tiene un significado recto: puede ser analítica, crítica, hilarante, depresiva, catártica, filosófica, divertida o directamente imbécil. Puede estar al servicio de la realidad haciendo crítica política o puede divagar con seres mitad humano mitad pez. Puede, también, que divagando sobre sirenas alguien haga una lectura política (¿por qué todas las sirenas han sido blancas hasta ahora, eh? ¡A partir de ahora serán todas de color sardina!) Hay quienes creen que se hace ficción para satisfacer las aspiraciones ideológicas, por eso consideran que el arte es bueno cuando coincide con sus ideas y malo cuando no. Y eso también es destruir el arte. Lo que hace que el arte y la ficción, como la risa, sean patrimonio de la humanidad es que abren una grieta que va más allá de la realidad material. La fricción entre lo que imaginamos y lo que sucede en el mundo es nuestro océano de libertad. Es así como nos recordamos que somos enormes, pues contenemos multitudes.

Por eso cuando el gobierno nos dice cosas concretas sabemos qué hacer (vacúnese; pague impuestos cuando le toque; no haga bullying, animal; consuma usted más fruta y verdura, hombre), pero ahora que nos dice que ficcionemos mejor, eso, ¿qué carajo significa? 

En fin, que estamos en crisis, así que ya saben, hagan el favor de arrimar el hombro e imaginen bien. O no.

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