La erótica del ballet

Mira ese cuerpo moverse, ¿te gusta?

Como ocurre con las opiniones, nuestras miradas sobre las cosas nunca son del todo nuestras, se construyen alimentándose del imaginario social. Si piensas en una clase de ballet, tal vez invada tu mente un grupo de chicas con aspecto aburguesado haciendo movimientos cuquis. Si nos ponemos pedantes, tendríamos que entrometernos en esa imagen para recordar que el ballet no es propiamente burgués, que su origen es más bien aristocrático, aunque ha triunfado mucho en países como Cuba o China. Pero sigamos, pues a lo mejor en tu cabeza han aparecido un grupo de cuerpos atléticos haciendo ejercicios con el rigor propio de los deportistas de élite, y ahora tu ánimo se ha contagiado de una dureza que corta la respiración. Sea lo que sea, ¿hay algo de sensual en eso que imaginas? 

Ver un cuerpo en movimiento es en sí mismo erótico. Esa es la premisa que sostiene la obra «Tanz» de la artista austriaca Florentina Holzinger que ha estado estos días en los Teatros del Canal, una performance construida a lomos de una verdad a gritos: el ballet es erótico porque es un arte pensado para la mirada del otro, para su disfrute y entretenimiento. Y para ello se sacrifican muchas cosas; el dolor y el esfuerzo, que se ocultan para que el público disfrute, y el propio cuerpo de los bailarines, que pasa a convertirse en un altar al servicio de la belleza.

En obra “Tanz” se rinde homenaje al ballet del romanticismo de una manera contemporánea. El resultado tiene tintes de humor, punk, violencia y pornografía. ¿Cómo es posible que una pieza sobre el periodo del ballet más aparentemente ñoño -el romanticismo, al que le debemos iconos como los tutús y las puntas- pueda ser homenajeado con una estética tan disonante? Florentina Holzinger ha creado una pieza protagonizada por un grupo de mujeres dispares pero con algo en común: todas han estudiado ballet, es decir, han pasado muchos años observando su propio cuerpo. Su obra capta algunas verdades veladas del ballet y las lleva hasta sus últimas consecuencias sostenidas bajo una idea común: el cuerpo controlado, dispuesto para la mirada del disfrute ajeno, contiene un goce erótico.

El ballet es un arte con una técnica bastante consolidada, un idioma del movimiento que se aprende en la niñez a base de repeticiones de ensayo-error y que funciona como una suerte de alfabeto del cuerpo. Su esencia es el control del cuerpo, un rigor que en sus más de trescientos años de historia se ha expresado de formas muy distintas en función al estilo de moda; desde el barroco aristocrático, hasta el atlético siglo XXI, pasando por el etéreo y pálido romanticismo, el ballet es un gran mecanismo de control del cuerpo. La clase de ballet es el lugar donde se aprende a controlar el cuerpo y la barra es el objeto donde agarrarse para trocear los movimientos hasta hacerlos propios. El ballet es un arte que produce cuerpos para ser vistos. Cuerpos, eso sí, correctos y bonitos. 

La obra de Florentina Holzinger la protagonizan solo mujeres. Cuando se abre el telón, una anciana ordena a sus alumnas que coloquen las barras en su sitio, pues va a empezar la clase de ballet. Durante el primer acto asistimos a una clase realista, al menos en lo que atañe a los ejercicios, al modo de realizarlos y al orden en el que se exponen.

Sin embargo, poco a poco se van creando líneas de fuga. La adorable anciana que da la clase está desnuda. La escena permite fijar la atención en los cuerpos acompasados con la música, en las explicaciones y correcciones de la profesora, en la relación entre las compañeras… Poquito a poco, la atmósfera se va cargando de un no se qué extraño que hace que la fina línea que separa la simple sensualidad inherente al cuerpo en movimiento se convierta en sexualización explícita. 

Con una dulzura macabra que hace estallar las risas del público, la profesora le va diciendo a sus alumnas que se quiten la ropa: “Niñas, ¿tenéis calor? ¡quitáos un poco de ropa!”. Así acabamos frente a un grupo de mujeres desnudas haciendo una clase de ballet, algo que permite apreciar la calidad de los movimientos pero, también, entender lo más importante: el cuerpo en el ballet es educado para ser visto. Esa verdad que la ropa adorna ha quedado al descubierto. El cuerpo se expone entonces en todas las posturas posibles con el objetivo de deleitar a quien lo ve, y así lo explica la maestra cuando habla de las posiciones o alineaciones reales que se usan en el ballet actual.

Tirando de este hilo es como en la obra “Tanz” se acaban uniendo dos mundos aparentemente dispares, el porno y el ballet. Lo que comparten es la idea sobre la que se sostienen: cuerpos que están para ser vistos y disfrutados por los demás. La mirada ajena se representa en la obra a través de una cámara que se adentra en la clase de ballet y empieza a grabar los movimientos de las alumnas, que son proyectados en dos grandes pantallas a los lados del escenario. Así se amplifican detalles como las emociones del rostro o el sudor del cuerpo que, descarnados, quedan a la vista de todos.

Fotografía de la obra «Tanz»  ©Teatros del Canal

En este mundo real en el que vivimos tú y yo, querido lector, la clase de ballet se hace frente a un espejo. Ese trozo de cristal no nos devuelve tanto nuestra imagen como aquella que los demás ven de nosotros. El espejo es la antesala de la mirada ajena, del otro, del público. Cuando un bailarín no está bailando frente a un espejo es porque lo está haciendo frente al público. Cuando no está en la sala de ensayo es porque está en el escenario, ahí donde los ojos del público miran.

En la clase de ballet que se ve en “Tanz”, conviven el mimo y el maltrato velado. La relación profesor-alumno que hemos visto tratada de forma bochornosa en películas como Cisne negro, se muestra en esta obra por medio de una figura que ha dedicado su vida a la danza y que derrocha conocimiento y sensibilidad a partes iguales. El papel de la maestra está interpretado por la anciana Beatrice Schoenherr, que en 1972 se convirtió en la primera mujer en bailar desnuda «Le Sacre du Printemps» de John Neumeier. Por cómo describe los movimientos a sus alumnas (“dibuja un círculo con tus brazos”; “siente la elevación, es como si flotaras”; “estírate, así pareces más alta”; “el acento es arriba, deja la energía en al aire”) nos sabemos frente a alguien que guarda una gran sabiduría sobre el cuerpo en movimiento. Pero también establece una relación amarga con sus pupilas; te hago daño, pero es por tu bien; te daño, pero con una delicadeza extrema; expongo tu cuerpo, pero porque es muy bonito. Florentina Holzinger se permite explorar esta vía y la traslada al lenguaje BDSM, donde una escenografía bifocal acopla el cuero y las motos con las zapatillas de punta con una naturalidad pasmosa.

 © Culturamas

La estética punk no puede ser más dispar con el ballet romántico. También llamado “ballet blanco”, estos ballets del siglo XIX contienen todas las características que estaban de moda en el arte de ese periodo: el ambiente fantasmal, los tuls, la fascinación por las tierras remotas, las historias populares de los nacionalismos, los lugares exóticos, las mujeres con aspecto pálido y débil que parece que van a desmayarse de timidez… Los escenarios europeos se llenaron de mujeres a punto del vahído que, como el velo, tapaban y sugerían a partes iguales. Y de dramas. De grandes historias de amor, de amores imposibles que muchas veces acababan en suicidio, la epidemia del siglo XIX. 

A menudo los ballets del romanticismo tienen una estructura dual; la primera parte, en la que se presenta el conflicto, es realista, mientras que el segundo acto transcurre en un mundo imaginario poblado por willis, hadas, sílfides, brujas y todo tipo de criaturas fantásticas. Tras él, un chimpún final entrelaza ambos mundos con una buena dosis de drama.

El segundo acto de la obra “Tanz” ahonda en el imaginario del ballet del romanticismo sin por ello dejar de lado la atmósfera erótica. Pero, ¿cómo puede tener ese ambiente de encantadoras hadas alguna relación con la pornografía actual, tal y como sugiere Florentina Holzinger?, ¿es que acaso ese mundo de tutús es erótico? Desde luego, no para la mirada del siglo XXI, que ha hecho de la mujer curvilínea, reggaetonera y explícitamente sexualizada uno de los iconos de sus años veinte. Para el ojo actual puede pasar desapercibido porque, desde luego, el del romanticismo no encarna nuestro modelo de mujer: la mujer del XIX es tímida, retraída, dulce, atormentada y, sobre todo, delicada. Los roles femeninos que se representan en ballets como la Sílfide, sean los de la buena esposa o la amante soñada, parecen encarnar los sueños masculinos, que flotan en el aire como ellas con sus tutús y puntas.


Aunque nuestro ideal femenino no encaja con roles como la Sílfide, sus espectadores originales tenían muy claro que estaban asistiendo a una representación cargada de erotismo. Solo hay que leer los escritos de la época para darse cuenta cómo para los críticos de danza, los escritores y los aficionados, las bailarinas de ballet tenían un alto valor erótico. Convertidas muchas veces en musas, eran famosas más allá de los escenarios. Encarnaban el ideal de mujer.

¿Y los hombres?, ¿dónde están los hombres? Esta es una queja habitual del periodo del romanticismo, que les habría expulsado de la escena relegándoles al papel de sostén de las damas. A simple vista, parecen sujetos bastante pasivos: están arrodillados frente a las mujeres y sufren todos los conflictos del amor. En la Sílfide, que es el ballet que inspira la obra “Tanz”, el protagonista masculino se va a casar con una, pero le gusta otra. Qué conflicto, qué dramón, le falta escenario para llorar, y a nosotros pañuelos para contener las lágrimas que brotan de la empatía.

Claro que hubo hombres en el ballet romántico (también había coreógrafas, como la propia María Taglioni), pero a menudo se quejan de su papel secundario como cargadores de damas. Sin embargo, eso no hace sino corroborar que estos ballets están pensados para la mirada masculina. Los hombres querían ver a las mujeres y por eso llenaron el escenario con ellas. Esa verdad velada está presente en “Tanz”, donde directamente no hay hombres y son los cuerpos de las mujeres los expuestos hasta el extremo para el placer ajeno. 

El papel del sostén de las damas permitía ver a las mujeres elevadas por los aires. El ballet del romanticismo es también el de la elevación, por eso inventó las zapatillas de punta. Las puntas son probablemente el instrumento que mejor muestra la idea de lo etéreo en la danza. Con ellas el cuerpo desafía la gravedad. Inventadas como un instrumento para llamar momentáneamente la atención del público para que pareciese que la bailarina flotaba por el escenario, no fue hasta el siglo XX cuando se convirtieron en una parte obligatoria en la vida de las bailarinas. Durante el romanticismo alimentaban el misticismo de la mujer inalcanzable. Blancas y etéreas, les parecían diosas. Su conexión con el más allá ha servido a muchos teóricos para justificar que el ballet no es solo un arte del cuerpo, sino también del alma y las ideas.

Pues bien, si te elevas mucho, (“es como si te tirasen del moño hacia arriba”, les dice su maestra a sus alumnas durante la clase de “Tanz”), podrías acabar volando. En la última escena del ballet de la Sílfide las bailarinas abandonan el escenario colgadas en el aire; en la obra de Florentina Holzinger, las mujeres son colgadas de sus moños o de su propia piel en una estética que emula las prácticas BDSM.

 © Teatros del Canal

Florentina Holzinger ha decidido prestarle atención a las emociones reales de las bailarinas y las ha llevado hasta el extremo. Son ellas, aderezadas de un conjunto de datos históricos conectados con la cultura pop actual, las que construyen esta performance de dos horas. El resultado es una obra contemporánea donde el control del cuerpo, su exposición para el deleite ajeno, las pruebas físicas extremas o el dolor, no se esconden.

No es que el ballet sea solo erótico, ni que esa sea su verdad fundamental. Tampoco significa que el erotismo deba entenderse fundamentalmente como un hecho relacionado con la sexualidad, ni que ésta deba ser entendida en el ballet solo de una determinada manera (por ejemplo, en los límites de la pornografía como hace la obra “Tanz”). Pero el ballet también contiene una carga de sensualidad. El ballet es muchas cosas; un arte, un ideal de belleza, un reflejo del nacimiento de la ciencia y la filosofía modernas, una forma de entretenimiento y, por qué no, un instrumento con una enorme sensualidad. El erotismo nos recuerda que somos seres físicos algo que, bien mirado, contiene una enorme dosis de trascendencia.

La danza es erótica porque ver un cuerpo moverse es en sí mismo sensual.

¿Todavía no lo ves? Vuelve a mirar.

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