La mística de Instagram

Parece muy moderno, pero es lo de siempre. Esa es la tesis del clásico del feminismo “La mística de la feminidad”, un libro que Betty Friedan escribió en el año 1963. Por aquel entonces, Friedan comprobaba estupefacta cómo toda una generación de mujeres que por primera vez tuvieron acceso a la educación superior optaban por hacer lo mismo que habían hecho sus madres y abuelas: quedarse en casa a cuidar de su marido y sus hijos.

A lo largo y ancho de la blanca América, y mientras los hombres estaban en la guerra, muchas mujeres estudiaron, se formaron, y cobraron por trabajar. Sin embargo, la vuelta de los hombres de la guerra supuso para muchas de ellas la salida definitiva de su parca aventura en el mundo laboral. Tras la vuelta al hogar, las mujeres comenzaron a copar de forma masiva los consultorios de psicólogos y psiquiatras. Pero ¿qué les pasa a las mujeres? 

A ese malestar que no tenía nombre es al que Betty Friedan llamó “La mística de la feminidad”. La frustración de todas esas mujeres que acudían en masa a las consultas de psicología estaba en los roles de género. Ay, qué difícil es cumplir con las expectativas de la feminidad tradicional habiendo visto mundo, habiendo ido a la universidad y habiendo vivido de manera independiente. 

El de Friedan es un libro de investigación porque argumenta con datos reales cómo los mecanismos de la publicidad fomentaron los estereotipos de género para convencer a toda una generación de mujeres de que se quedasen voluntariamente en casa a cuidar de su marido y sus hijos. Y tenía que parecer voluntario porque ellas, a diferencia de sus madres y abuelas, sí podían elegir trabajar fuera de casa. Las revistas de moda se pusieron manos a la obra y maquillaron masivamente la vida hogareña para ocultar sus imperfecciones. Entiéndase, no se trata de un complot estatal. La publicidad de las revistas solo reflejaba, y por eso mismo alimentaba, un deseo colectivo. El statu quo. 

Las revistas fueron las encargadas de diseñar a la ama de casa perfecta y de darle ánimo a las nuevas parturientas, que debían verse reflejadas en esas modelos de portada. Ellas ya no eran como sus madres, unas mujeres sin estudios que tenían que frotar la ropa a mano y fregar el suelo de rodillas. No, hombre no. Ellas tenían tecnología. Las revistas femeninas se llenaron de anuncios de lavadoras, de lavavajillas, de hornos, de máquinas para hacer pastelitos, de aparatitos de todo tipo que revestían de purpurina un trabajo repetitivo y sin remunerar que, sin embargo, resulta esencial para la supervivencia de la especie. Paradójicamente, y aunque la tecnología prometía liberación, esa generación de mujeres se vio exactamente igual que las anteriores, atrapada en el hogar; lejos de simplificar su día a día, no paraban de multiplicarse las chorradas que había que comprar para ser la ama de casa perfecta que esperaba emocionada la llegada de su marido al final del día mientras veía reflejada su rubia melena en el suelo impoluto de la cocina.

Hoy la mística de la feminidad continúa. El género es un gran dispositivo de malestar, quizá el más extendido del mundo. Los ideales de género no han muerto, se han multiplicado. En la cultura mainstreim los roles de género gozan de buena salud: basta con escuchar cualquier canción de los 40 principales (donde impera un regaetton no menos machista que el que escuchábamos en los 2000), o pasarse por la sección de ropa de la factoría Inditex para darse cuenta de que el género goza de buena salud. La sombra del género es tan larga como las uñas de la Rosalía.

Claro que las chicas ya no miran revistas de moda, miran el móvil. La publicidad se cuela a través de las pantallas e invade cada parcela de nuestras vidas. Afortunadamente, instagram también es un espejo de pluralidad, pero las cuentas más famosas son a menudo un reflejo directo del statu quo. Para las chicas más jóvenes, la idea más extendida sigue siendo plegarse al deseo masculino. Tener un cuerpo normativo y enseñarlo se vende como la quintaesencia de la liberación femenina, pues la configuración pública del deseo masculino heterosexual nunca le pone trabas a la expansión de la sexualidad femenina. Parece distinto, porque cambia la carcasa, pero el fondo es el mismo: eh, nena, adáptate a un estereotipo, ahí dentro serás verdaderamente libre.

Aunque el mundo ha cambiado mucho desde los años 70, hoy también abundan a raudales los escaparates online donde las mujeres hacen gala de una vida de ama de casa perfecta, como antaño sucedía en las revistas de moda. A medida que va subiendo la edad de las influencers destacan las cuentas dedicadas a la vida marital y los hijos. No todo el mundo podía salir en una revista de moda, pero todo el mundo puede tener una cuenta de instagram. Quizá por eso hoy tenemos la suerte de poder comprobar que no todas las madres se comportan como si estuviesen posando para una revista.  Hay quienes reivindican los cuidados, quienes muestran una visión mucho más realista de la maternidad, o simplemente quienes hacen lo que les da la gana, faltaría más. Pero también hay un número significativo que vive de ello y un número todavía mayor que se mira en ellas y las emula. Entender por qué lo hacen, o qué dice eso del mundo en el que vivimos, no tiene nada que ver con juzgar sus vidas. 

Hoy la mística de la feminidad sigue vivita y coleando, solo que ya no está en las revistas de moda, está en instagram. Y en ese contexto ha muerto de éxito, porque en las redes sociales la publicidad ya no se limita a los acontecimientos excepcionales, sino que se inocula en el día a día como una garrapata en la piel sana. Es decir, mientras que las modelos que salían en las revistas femeninas se hacían la foto en un estudio de grabación y se iban a su casa, instagram está inundado de supuesta autenticidad. Impera la lógica del reality show, por lo que la propia vida de estas mujeres es en sí misma un anuncio de publicidad. En ella involucran a sus familias: es la pornografía de la intimidad, donde todo tiene que estar dispuesto para ser visto, disfrutado y juzgado. 

Por eso al voyeur de la vida privada ajena le resulta cada vez más difícil diferenciar entre la publicidad y la vida real. Esta persona, ¿me está contando su vida o me está vendiendo un producto?, es más, ¿es su propia vida un anuncio publicitario? 

Las influencers de la vida marital del siglo XXI venden que lo esencial de la vida es cuidar del hogar. Pueden ser reputadas profesionales en su vida laboral, pero lo que muestran es cómo cuidan de su familia. Como les pasó a las mujeres de los años 70 del siglo XX, ellas también parecen llevar una vida más moderna que la de sus madres. Tienen un montón de tecnología a su disposición; juegan a la wii con sus hijos, usan la tablet y, desde luego, se manejan con la tecnología por encima de la media… pero hacen lo mismo de siempre. 


Al igual que sucedía con las revistas de moda, que hacían que la ama de casa corriente quisiese emular la vida perfecta que leía en sus páginas comprándose todos los productos y aprendiendo a hacer todas las recetas, la madre de a pie emula esa vida instagrameable en la que se quiere ver reflejada. Aunque las influencers de la maternidad tengan miles de seguidores, esa madre de tu barrio que va a hacer la compra cuelga fotografías similares a las de sus admiradas madriensers. Esa madre de a pie también hace pequeños vídeos de los productos que compra, también habla de la decoración de su casa, también se graba haciendo deporte, también etiqueta a la tienda de moda donde se ha comprado el suéter que lleva puesto… con la notable diferencia de que ella le habla a un reducido grupo de personas de su entorno. Como todos, tú y yo también, se comportan como víctimas de un gran anuncio publicitario. La publicidad ya se ha colado en nuestros sueños.

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