Trampantojos danzados

La Compañía Peeping Tom se despide de los Teatros del Canal entre ovaciones.

 © Peeping Tom

“¿Nada por aquí?”. Cuando un mago dice eso está jugando al despiste. Busca mantener la atención en un punto mientras manipula el resto de la escena a su antojo. El ilusionismo es, ante todo, un conjunto de trucos dispuestos de forma estética.

“Trptych: The missing door, The lost room y The hidden floor” es un gran artefacto inmersivo sostenido con la estructura ilusionista a la que nos tiene acostumbrados Peeping Tom. Heredero de la tradición de la danza-teatro de Pina Bausch, donde las emociones construyen la dramaturgia, la última obra de la Compañía belga tiene como hilo conductor el miedo, que atrapa al espectador en tres espacios de los que no se puede salir a pesar de estar rodeado de puertas; una habitación, una camarote de barco o un restaurante se tornan de pronto terroríficos recordando, como lo siniestro en Freud, que cualquier espacio cotidiano puede infectarse de angustia. Al otro lado de las puertas se asoma un abismo poblado de inundaciones, vientos huracanados o manos perturbadoras. No hay escapatoria posible.

“¿Nada por allá?”. Aquí y allá hay miedo. El terror es el medio que utiliza esta pieza para hacer estallar los límites entre realidad y ficción. Toda la atmósfera terrorífica se asienta en un trampantojo: parece un teatro al uso, pero estamos en un plató cinematográfico medido al milímetro, un artificio que hace las delicias de cualquier voyeur porque todo está a disposición de la vista, el sentido estrella de nuestra era. Pero en la sociedad de la imagen, nada es lo que parece. El dispositivo escénico de Peeping Tom se recrea en las infinitas posibilidades de la mirada: ahora amplificada, ahora juguetona, ahora falaz, los trucos visuales se despliegan ante el espectador con una estética que recuerda al cine de David Lynch. Las constantes rupturas lógicas hacen estallar las risas de los espectadores, que resuenan entre tinieblas.

El movimiento extremo característico de la Compañía se acopla una vez más al ritmo irregular y perturbador de las emociones humanas. Como es habitual en sus obras, en esta pieza el goce visual se pliega a unas emociones que revelan infinitos matices a través de un mismo soporte: el cuerpo de los bailarines. Los intérpretes, exactos y deslumbrantes, intensifican las emociones por medio de una especie de zoom coreográfico. A la luz del terror, los temas fetiche de sus piezas (como la familia, la maternidad, la muerte o el sexo) muestran a unos personajes que se caen, se desequilibran y se agitan atormentados por las contradicciones del deseo y el miedo.

En su último tríptico, los efectos especiales se hacen también con el propio cuerpo de unos bailarines que parecen recién salidos de una pintura de Edward Hopper. En este trampantojo danzado, la coreografía se sostiene gracias a una iluminación, un sonido y una escenografía bañada por la magia del cine.

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