Entrevista a Israel Galván

Israel Galván, uno de los bailaores más influyentes del panorama internacional, ha transformado en danza una de las piezas más conocidas de la música española, el Amor Brujo de Manuel de Falla. En gira con su versión, acompañado de su inseparable David Lagos y unido al piano con Alejandro Rojas-Marcos, ha pasado por el Museo Universidad de Navarra. 

– ¿Por qué El Amor Brujo ahora?

El Amor Brujo es una especie de banda musical de mi infancia. Esa música sonaba en las academias y los coreógrafos siempre la han bailado, por eso quizá para mí era algo antiguo, como pesado… Pero con el tiempo, después de haber hecho otras coreografías, encuentro el Amor Brujo y lo percibo como algo nuevo. Me vino en este momento, y yo siempre que me meto en un baile nuevo quiero que me diga algo, que me ponga del revés. 

– El Amor Brujo tiene una larga historia desde Pastora Imperio hasta Antonia Mercé, o incluso Antonio Gades. 

Sí, la obra de Falla está pegada a dos bailaoras. La primera vez no tuvo buenas críticas, pero con la segunda tuvo un enorme éxito. Ese viaje del fracaso al éxito es en sí mismo una historia, eso es ya una obra. Yo plasmo esa idea convirtiéndome en mujer, como si quisiese robarle la energía a la mujer cuando bailo. 

La música de Falla también ha cambiado mucho. Yo no busco tanto contar el Amor Brujo, sino ver la creación de la música y de las bailaoras. No es una copia de ninguna versión, lo hago porque pienso que tengo algo nuevo que decir. Así es como hago siempre las cosas; pienso que para mí puede ser estimulante y luego lo comparto con el público. El resultado es mi versión del Amor Brujo. 

– En tu versión podemos escuchar a la voz de David Lagos intercalada con otras voces como la de Chacón, o la de «la niña de los peines».

Me tomo la libertad de que en la música entren cosas que no tengan un sentido lógico. También podrían haber aparecido otras músicas como el jazz, porque en la época de Falla también se escuchaba. Se trata de recrear un universo que estaba sonando, esa revolución musical que se estaba dando en Europa o en América. 

– En el escenario apareces caracterizado como tu tía Eduarda de los Reyes, ¿por qué la has escogido a ella?

La verdad es que es una historia un poco siniestra, pero yo la vivo con alegría. Eduarda fue una tía mía que se murió cuando yo tenía cinco años, yo era un niño, y a ella le cortaron el pelo. En vida lo tenía rubio, y en mi casa había un cuadro en el que se la veía con su pelo rubio real. Esta historia de mi infancia, de repente me pareció algo mágico. 

Es un asunto familiar muy mío, en mi familia hay mucha mezcla. Mi padre es Galván, bailaor y payo, mi madre es de Los Reyes, y no es paya. Cojo el nombre de mi familia para bailar esta historia porque, además, a mí me gusta la idea de cambiar de nombre. Aparte de Israel Galván, puedo bailar como Eduarda de los Reyes, y ese juego me interesa. 

– El hecho de bailar vestido como tu tía Eduarda ¿te ha permitido explorar otras formas de movimiento?

En realidad yo no bailo como una mujer, yo me convierto en una mujer. Es decir, yo no intento bailar como una mujer, yo soy una mujer cuando bailo el Amor Brujo, soy mi tía Eduarda. Me han dicho que soy demasiado femenino, pero ese debate –el de bailar como una mujer o como un hombre– no me interesa. 

Aunque es verdad que para ser mi tía Eduarda me maquillo y me pongo peluca, lo llevo a un terreno mental. Eso es lo especial y novedoso para mí, porque el arte te permite ser otra cosa. Como bailaor he querido ser muchas cosas, también quise ser un insecto en la Metamorfosis. El arte te da la oportunidad de transmitir distintas energías. 

– ¿Ves una continuidad entre el Amor Brujo con otras de tus obras?

Yo siempre he hecho danza trabajando con los propios músicos, pero en esta ocasión bailo músicas que son digamos de otras personas, en este caso de Falla, y he vuelto a repetir con la Consagración de la primavera, que es de Stravinsky. Me gusta la idea de bailar cosas distintas; de mi tradición directa, como el Amor Brujo, pero también de la tradición europea, como la Consagración, y quizás en el futuro estaría bien poder bailar músicas de otros lugares. Me gusta hacer obras que sean un auténtico viaje, que me hagan descubrir mi propia raíz, o la europea con el modernismo, o de otras partes del mundo. Quizás esto tenga continuidad en otros paisajes del mundo, con otras músicas.

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