La investigación como paranoia

Se necesita un cierto grado de paranoia para ser investigador. El aficionado imagina que investigar es solucionar cosas concretas (el científico en bata blanca que grita ¡eureka! al encontrar la fórmula adecuada), pero la mayor parte del tiempo consiste en inventarse posibles conexiones. La investigación es una forma de creación. Si escuchas atentamente, todos los investigadores padecen algún tipo de paranoia (ese concepto está relacionado con este otro; tras esa apariencia inocua se esconde una red matemática perfectamente engrasada; ¿y si mezclando este producto con este otro a distinta temperatura conseguimos el efecto deseado?). Tras una Tesis Doctoral exitosa se esconden años de enamoramiento paranoico con un tema, una especie de borrachera temática. Ese estado de embriaguez pedante es lo que hace tan difícil contarle a los demás de qué va una Tesis. Lo difícil no es tanto transmitir la complejidad del contenido como la paranoia que le subyace. Yo misma me he pasado años convencida de que detrás del ballet –ese mundo aparentemente inocuo de tutús y lacitos rosas– se esconde el pensamiento racionalista de la modernidad con su obsesión por matematizar el cuerpo y el espacio.

A menudo la paranoia aparece tras una «intuición intelectual», un mecanismo que esconde una gran dosis de racionalidad, pero también de azar e imaginación. En La vida a ratos, Juan José Millás escribe que «Los errores son fundamentales en la creación y en la ciencia. Hace poco, por un error, se ha descubierto que el gusano de la cera es capaz de degradar en minutos el plástico que la naturaleza elimina en cien años».

A pesar de ello, los burócratas no quieren saber nada de errores, solo les importan los resultados, o sea, gilipolleces superlativas como dónde se publica un artículo, cuántas veces se ha citado o a cuántos idiomas se ha traducido. Pero ¿qué tiene que suceder realmente para que un grupo de personas imaginen una conexión exitosa? Para que surja la posibilidad de pensar en una nueva conexión entre dos temas primero es necesario mantener al investigador en condiciones prácticas óptimas durante un buen tiempo, es decir, hay que crearle el ecosistema adecuado. Ya lo dijo Aristóteles: no se puede hacer filosofía con hambre y sueño. 

Luego hay que esperar. El gran secreto que ocultamos los investigadores a los burócratas es que la mayor parte del tiempo no pasa nada. Lo hacemos porque sabemos que no les gusta la inacción, pero es necesaria para que aparezca un cierto tipo de aburrimiento. Sólo entonces, quizás, surja una idea.

A menudo las ideas se te aparecen cuando miras atentamente en los recovecos del día a día y tienes una especie de ataque de realidad. Ahí ya estás paranoico, es decir, bien. Tras conseguir un presupuesto de un millón de dólares, los investigadores que protagonizan la novela Oveja mansa de Connie Willis encuentran una conexión entre la mentalidad de rebaño y la aceptación de las modas mirando a un grupo de ovejas. Quién se iba a imaginar que esa panda de animales mastica-césped escondían una verdad tan profunda, pero ahí han estado ellas durante toda la trama, con su cara de bobas y su pelo esponjoso riéndose de la parafernalia de sus cuidadores.

Cuando nace una idea es porque alguien ha visto una posible conexión invisible para el resto, es decir, ha tenido un ataque de esquizofrenia que justifica con notas al pie y citas de ilustres pedantes. Pero todavía falta por suceder lo más fascinante de la investigación: que la sociedad acepte los resultados de una panda de locos como teoría de la verdad. Y somos tan eficaces que hasta hasta tenemos una teoría para explicar el caos.

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