Esto no es un plátano

Es la noticia de la semana. Ha habido un señor que ha colgado un plátano con cinta aislante en un museo y lo ha vendido por chorrecientos euros. Se trata del artista italiano Maurizio Cattelan, famoso por sus provocaciones y que ya nos tuvo unas semanas hablando de él cuando hizo un retrete de oro de dieciocho quilates.

El gesto de este artista forma parte de una lógica del arte contemporáneo que bebe de la modernidad. Si lo miramos desde el punto de vista histórico, bajo la etiqueta de «arte contemporáneo» tenemos todo el arte que se hace hoy. En este sentido es un espectro, pues no solo incluye las provocaciones de Cattelan, también los retratos realistas de Antonio López. Cada artista está en un punto de ese espectro y todos ellos conforman una realidad plural, una tela que se une por una serie de significantes difíciles de aunar bajo una única norma.

Lo que está claro es que no le subyace una lógica de representación lineal entre el sujeto (quien ve la obra) y el objeto (la obra de arte). Probablemente ésta tampoco existiese en el arte clásico, pero no cabe ninguna duda de que el relato del arte moderno se constituyó haciendo como si el clásico lo tuviese. 

Fueron las vanguardias artísticas quienes inauguraron la ruptura con la lógica de la representación clásica. Digamos que se trató de representar las cosas desde fuera del canon de la tradición y, por lo tanto, de la belleza. Los vanguardistas no trataban de pintar cosas bellas (basta ya de cuadros bonitos ¿y todo lo demás?), sino de portarse mal con la tradición. Y aunque no todos tuviesen esa actitud de rebeldía, lo esencial es lo que ella inaugura: una forma de relacionarse con las cosas que se salga del plano de la lógica clásica.

Fueron los hijos de la guerra mundial quienes hicieron de esta actitud su bandera. Reclamaron que los conceptos y valores de sus padres no les servían para pensar el mundo, que les habían fallado, que eran una mentira. Su puesta en cuestión de la tradición se expresó de muchas formas; desde la ruptura con la mirada única que se da en el cubismo (cada ángulo desde el que miramos el «Guernica» nos muestra un relato distinto), hasta la puesta en primer plano de lo reprimido en el inconsciente (el sexo, el sueño, lo distorsionado) como hizo Dalí. 

A esta actitud le coge el guante el arte contemporáneo, que pone en marcha una serie de dispositivos que van más allá de la puesta en cuestión de la tradición. El respiradero que abrieron los primeros modernos es lo que permite que el arte actual no gire en torno al resultado en cuanto tal (qué cuadro tan bonito y bienpintáo), sino que pueda ir sobre otras cosas: la relación entre el arte y la vida (como en las performances), el arte en cuanto gesto (artivismo) o el arte como concepto (conceptualismo). El aire que se coló por el respiradero permitió ironizar sobre ciertos estereotipos; dejó que Marcel Duchamp pusiese un urinario en un museo (¿son las cosas obras de arte simplemente por estar en un museo?), que viésemos un cuadro en blanco, que (no) escuchásemos la música sin sonido de John Cage, o que nos preguntemos todavía hoy por las relaciones entre el arte y el mercado cada vez que alguien paga una millonada por uno de los efímeros grafitis de Bansky.

Lo que ha hecho Maurizio Cattelan ya está hecho, y la segunda vez que se hace algo deja de asombrar. Ya no nos sorprende ver a alguien desnudo en un escenario porque ya se ha hecho muchas veces. Ha habido tantos chicos malos en el arte que ya son un clásico. Sin embargo, cualquiera lo diría por la reacción general. El plátano no se lo ha comido un señor, nos lo hemos comido todos. 

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