Se alquila útero. ¿Razón aquí?

Las argumentaciones a favor de la mal llamada «gestación subrogada» no suelen estar muy bien sustentadas. Quizás esto se deba a que en España quienes más suelen hacerlas son las agencias que se lucran con esta práctica, las personas interesadas en usarla, y los políticos del partido Ciudadanos. Resulta muy difícil que un autor de filosofía te valga así como así para justificar un hecho de antemano, a no ser que se tenga una visión muy instrumental de los conceptos. ¿Que quiero justificar el alquiler de vientres? Un poco de liberalismo por aquí, un chorrito de individualismo pragmático por allá, y voilà, mi argumentación a medida. 

Fuera del espectro del pragmatismo individualista las argumentaciones flojean. Lo que resulta realmente extraño es que se haya intentado usar a Immanuel Kant (1724-1804) para defender esta práctica. Voy a escribir una obviedad: el espectro ideológico de Kant no es el individualismo de nuestras sociedades. Bien al contrario, y como buen heredero de la Ilustración, obliga a sus premisas a pasar el filtro de la razón universal. Kant es el adalid de la ética universalista. Si algo te pone difícil este filósofo es justificar la libertad individual a cualquier precio, crear un mundo donde tus deseos se conviertan mágicamente en derechos (deseo ser padre, luego debo tener derecho a serlo). Para justificar una práctica con el aclamado «yo hago con mi cuerpo lo que me da la gana» no conviene usar a un autor que se dejó la piel en crear un sistema ético basado en la Razón universal.

Resumiendo con brocha gorda diremos que este autor, tras décadas creando un sistema filosófico en el que las razones se pudiesen argumentar autónomamente, se preguntó si era posible justificar la ética en la razón. Para ello creó su famoso imperativo categórico, un resumen de su ley moral que dice así: «Obra de tal modo que la máxima de tu voluntad siempre pueda valer al mismo tiempo como principio de una legislación universal». En su opinión, las máximas morales anteriores se basaban en imperativos hipotéticos, por lo que eran obligatorias solo en determinadas circunstancias. Por ejemplo, si quiero el bien común, no debo robar. De esta manera, quien no quiera el bien común, puede hacerlo. En contra de ello, Kant busca una máxima moral que sea racional, es decir, universal.

La importancia de entender esto es crucial porque la lógica universalista envuelve las leyes de nuestras sociedades de derecho. Es este tipo de argumentación la que justifica que «la ley es igual para todos». El principio de la ley no son las opiniones o deseos personales, sino las razones comunes, que no necesariamente deben plegarse a las apetencias de cada cual.

Pero es que además Kant es un autor metódico donde los haya. El orden de las palabras altera el producto de su sistema. Así escribe su famoso imperativo en otro pasaje: «Obra de tal manera que uses la humanidad, tanto en su persona como en la persona de cualquier otro, siempre como un fin al mismo tiempo y nunca solamente como un medio». Para alcanzar esa ética racional, Kant pone como condición que no usemos a los demás como medios, sino como fines en sí mismos. Si queremos ser justos, lo mínimo es no tratar a las personas como a objetos.

El mencionado artículo pro-gestación subrogada hace la siguiente crítica a esta cuestión; es verdad que Kant busca proteger a las personas de ser meros instrumentos, pero las feministas que están en contra de la gestación subrogada se olvidan de que imperativo categórico usa el adverbio «solamente». Siguiendo esta argumentación, si se quiere decir que el alquiler de vientres no es ético porque atenta contra la dignidad de la mujer que gesta, no se puede utilizar a Kant porque todos los contratos de trabajo suponen tratar instrumentalmente a un ser humano pero ello no implica que solamente se les trate como un medio. Es decir, una mujer que gesta para un tercero no está siendo necesaria y fundamentalmente tratada como un simple objeto. 

Obviando el hecho de que resulta bastante raro utilizar un adverbio para desmontar una argumentación entera, pongamos que efectivamente, toda mujer que gesta es más que una mujer gestante. De hecho, así es. Y muchos de los protagonistas de los dramas de «atrapados en Ucrania» lo saben perfectamente, por eso a la mujer que gesta le ponen como condición necesaria que además sea ya madre, que además tenga salud física y psicológica, etc. Puede ser incluso que además tenga que cumplir con unos determinados requisitos económicos, entre los que se encuentre no ser rematadamente pobre. Efectivamente, no solo la necesidad extrema puede ser un motivo para prestarse a esta práctica, pero Kant no le habla a quien va a padecer las consecuencias de la ley (en este caso, la mujer que gesta) sino al sujeto que la enuncia (el que hace el contrato). Le habla al sujeto de la razón porque busca sus condiciones de posibilidad. Lo que reflejan los contratos de la gestación por sustitución es el uso instrumental no ya de una mujer, sino de sus funciones reproductivas. En el contrato (altruista o no) lo esencial es que el producto (un ser humano en este caso) acabe en buenas condiciones. Por eso se pone por escrito que la mujer tiene obligación de cuidar su salud, que no pueda cambiar de opinión durante el proceso, que no pueda abortar sin el consentimiento de terceros, etc. Se hace incluso aunque la mujer haya aceptado no coaccionada y sin necesidad económica directa.

Pero ¿no son así todos los contratos? Hay un je ne sais quoi que no acaba de encajar en que esto sea un contrato como cualquier otro, como si nos obligasen a aceptar que las condiciones en las que uno llega a la vida no se pudiesen reducir así como así a un mero intercambio preparado por escrito. Hay un quien sabe qué exactamente que la ley tiene problemas para justificar. Kant explica que no se debe tratar a las personas solo como objetos y con ello reconoce otra obviedad: hay personas detrás de las leyes. Hay problemas para aceptar que la capacidad de una determinada persona no se puede subrogar solo cuando esa capacidad es exclusiva de las mujeres. Y es que también forma parte de la lógica legislativa aceptar implícitamente que quien está detrás de la ley es el varón. Siglos de androcentrismo hacen difícil que aunque la palabra «hombre» sea sinónimo de «persona», las capacidades reproductivas siguen pareciendo una especie de añadido, una prótesis ajena al auténtico cuerpo legislativo. En el siglo XXI las mujeres tenemos que seguir diciendo que nosotras también somos seres humanos.

Y tenemos que defenderlo porque cuando se trata de nosotras no se reconoce otra obviedad: las funciones humanas no se subrogan. Mi capacidad de comer no se puede alquilar, de manera que cuando tengo hambre no se me quita si mi vecino come. Si tengo sueño no puedo pedirle a un amigo que duerma por mí. Efectivamente, las distintas formas de comer han evolucionado mucho a lo largo de los siglos, y nuestras abuelas no comen como nosotras. Si quiero dormir puedo descargarme una aplicación anti-insomnio o tomarme una pastilla, pero hay algo de básico en esta función que no termina de cambiar por muchos adornos que le pongamos. ¿Por qué es distinto con las capacidades reproductivas de las mujeres? ¿Pueden ser reducidas a una simple técnica? Pueden acoplarse a algunas novedades técnicas, pero no se reducen a ellas.

Nuevamente, parece que a la legislación le cuesta aceptar que el sujeto que está detrás de ella pueda ser un individuo mujer con capacidad de gestar, y que eso no se puede trocear: no es un añadido que se adhiera a su condición básica de persona. No es un ser humano que, además, es un ser gestante, sino que esa capacidad le pertenece como todas las demás. ¿Es lo esencial de una mujer su capacidad de gestar? Rotundamente no, de la misma manera que no es esencial a la noción de persona tener dos riñones o dos pulmones (pues es de sobra conocido que las hay con uno y a nadie se les ocurre por eso quitarles su condición humana). Pero el hecho de que los tenga no se puede separar de su condición humana, por eso le ley prohíbe comprarlos y venderlos por partes. Porque hacerlo sería actuar utilizando a un ser humano como un instrumento. Hay personas con capacidad de gestar. La tienen la mayor parte de las mujeres. Traficar con ello es igual de lesivo y moralmente reprochable que hacerlo con cualquier otra parte del cuerpo o, si se quiere, más, porque va a tener como consecuencia el nacimiento de otro ser humano. 

En otros casos en los que está en juego la instrumentalización de la persona la ley lo prohíbe tajantemente. Lo prohíbe sin fisuras y la sociedad lo acepta de manera natural. A pesar de que la técnica ha avanzado mucho en este aspecto, no se permite comprar y vender órganos porque no se puede legislar esta práctica sin poner en peligro a la mayoría. No se permite, en fin, para salvaguardar algo tan abstracto como el bien común.

¿Y qué pasa a las que quieran hacerlo altruistamente?, ¿se lo vamos a prohibir? ¿No limita eso la libertad de elección individual? Sin duda. En una ética universalista como la de Kant, la cuestión no es si acepto que existan casos particulares (pues efectivamente, puede darse el caso de que alguien quiera donar algo altruístamente como puede haber alguien que quiera tirarse por un puente), la cuestión es si es deseable que se convierta en ley y, entonces, que valga para todos. Se trata de abrir un horizonte de posibilidad y de educar en su normalización, que es lo que hacen las leyes. En un mundo de precariedad como el nuestro, en el que bajo la idea de la libertad se cometen tantos abusos, las mujeres siempre podrían echar mano de sus funciones reproductivas para sobrevivir. ¿Te has quedado en paro? ¡Alquila tu útero! ¿No llegas a fin de mes? ¡Dona tus óvulos! La ley actual nos protege de esa posibilidad.

Todas las leyes se escriben limitadas a imaginarios distópicos, adelantándose a ellos para preveer circunstancias no deseables. Cuando no lo hacen correctamente tienen que retroceder, como ha sucedido recientemente en Portugal, donde se ha tenido que volver a ilegalizar la gestación subrogada.

Kant formuló el imperativo categórico de la ley en la Crítica de la razón práctica, su libro de ética. Las leyes también tienen una dimensión ética, y no pasa nada por reconocerlo abiertamente. En nuestras sociedades ultra-individualistas parece que nos da alergia reconocer que exista la ética, especialmente cuando tenemos que aceptar que le pone límites a la libertad individual. Pero lo cierto es que lo hace constantemente. Lo hace cuando impide que alguien trabaje por unos céntimos la hora, cuando no permite que se haga un contrato para trabajar en condiciones de esclavitud. Lo hace cuando le dice a alguien que no puede pegar a sus hijos, o cuando prohíbe circular de cualquier manera por las calles. Cuando vivimos en un estado de derecho, no podemos hacer lo que nos dé la gana y el hecho de que una práctica exista no justifica que deba legalizarse.

Entonces, ¿por qué unas leyes cuentan con una especie de aval social y otras no?, ¿por qué se consideran ahora algunas leyes éticas, como la del aborto, y antes no?, ¿no habíamos quedado en que eran fruto de una argumentación estrictamente racional y universal? La tradición de tendencia ilustrada no rechaza que las leyes son construcciones humanas. Al contrario, fueron los ilustrados los primeros en tener que justificar ciertos usos sociales fuera del espectro de la religión y la tradición. Lo que niega es que por el hecho de ser construcciones humanas sean falsas, niega que por ser humanas puedan valer a cualquier precio, niega que por ser creaciones nuestras puedan ser ilógicas o injustas. Las reviste de dignidad y a menudo las envuelve en ética. Es necesaria una razón muy sólida para argumentar en estados de derecho.

Pero sobre todo reconoce sin sonrojarse que las leyes tiene también un carácter moral, es decir, práctico. El imperativo categórico no acepta el argumento neoliberal que pone a la libertad individual por encima del interés común porque pide una argumentación pública que cumpla con un mínimo: no tratar a las personas, incluso aunque sean mujeres y niños, como objetos.

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