Series y distopía

«El futuro no existe. Es una proyección del presente. Y cada presente proyecta un futuro distinto». Esta frase me la dijo en una ocasión el filósofo Antonio Dopazo, un gran estudioso de Bergson.

La novela 1984 proyectó el miedo de una generación que temía el ascenso del fascismo. La obra imagina una sociedad panóptica en la que todo está minuciosamente controlado: el trabajo, el lenguaje, el significado de la historia, la vestimenta, el sexo, los afectos, y hasta los pensamientos. Nada escapaba al Gran Hermano que imaginó Orwell, quien pudo ver cómo su pesadilla se hacía realidad.

Los libros nunca han sido un medio de masas, a diferencia de la televisión, que ha perdido su carácter pasivo para convertirse en una gran pantalla de ordenador en la que elegir contenidos. Y esos contenidos son, en un alto porcentaje de los casos, distópicos. Podemos elegir distopías a la carta: sobre la tecnología, Black Mirror;  sobre el feminismo, El cuento de la criada; sobre la contaminación, Chernóbil. Es más, si las temáticas específicas no expresan con suficiente nitidez nuestro estado de angustia generalizado, podemos elegir poner Years and years, en la que, básicamente, todo sale mal; todo el mundo tiene trabajos precarios, la ciencia ha avanzado mucho pero casi nadie puede pagarse los avances médicos, la economía es un desastre (si quiebra un banco en la Cochinchina tú te quedas sin casa), el cambio climático está en su máximo apogeo, las guerras comerciales se solucionan con ataques bélicos, y el populismo avanza por todas partes con el beneplácito de la mayoría.

El último pelotazo de HBO ha sido la aclamada Chernóbil. ¿Por qué triunfa ahora una serie sobre un desastre nuclear ocurrido hace décadas?, ¿por qué ahora, cuando la energía nuclear (y Dios me libre de apoyarla) es más segura que nunca? Porque Chernóbil te hace empatizar con quienes respiran contaminación que mata, silenciosa y progresivamente, porque alerta sobre las consecuencias a largo plazo del uso de determinadas materias primas que nos facilitan la vida y porque, para colmo, explica que en caso de catástrofe las autoridades políticas pueden optar por salvar su pellejo (es decir, su lugar en la Historia) antes que el tuyo. En definitiva, porque demuestra lo que todos tememos.

Fotograma de la serie Chernóbil de HBO

Con El cuento de la criada se produjo un fenómeno similar: una serie inspirada en un libro publicado en 1985 que, en su día pasó más o menos desapercibido, se ha convertido en una marca del feminismo que podemos ver aparecer en Parlamentos y multitudinarias manifestaciones de cualquier parte del mundo. El cuento de la criada muestra una sociedad cristiana y de castas sustentada en la explotación reproductiva de las mujeres. Las mismas mujeres que llevaban una vida normal en el siglo XXI, acaban presas en un país en el que todo lo que sucede hoy aparece llevado al extremo: hoy hay granjas de mujeres en las que se las obliga a parir para entregar a sus hijos, hoy las cifras de prostitución son alarmantes, hoy la libertades básicas de las mujeres no están garantizadas en la mayor parte de los países del mundo, hoy se somete a la mujer en nombre de la religión. ¿Cómo es posible que mujeres que eran libres en el siglo XX dejen de serlo en el XXI? En telón de fondo del argumento es que, tras una serie de ataques terroristas y en nombre de la seguridad, se van limitando ciertos derechos que acaban justificando la necesidad de volver a los valores tradicionales. Señoras, la modernidad era temporal, vuelvan a sus casas. 

El uniforme de las madres de alquiler de la serie es ya una marca global, y lo vemos aparecer allí donde se quiere lanzar una advertencia feminista: el mundo ya es demasiado distópico para nosotras, no tomen decisiones que puedan hacerlo todavía más irrespirable.

Feministas manifestándose con el uniforme de El cuento de la criada.

El mismo fenómeno sucede con Black Mirror, que hace del miedo a la tecnología su seña de identidad. El miedo a la tecnología existe desde su propio nacimiento. Tanto es así que se podría hacer una historia de la tecnología a través del miedo que le tenemos los humanos. Cuando se crearon los automóviles a los europeos les estalló la cabeza: habían creado seres que tenían el principio del movimiento en sí mismo (auto-móvil). Con ello estaban rompiendo un significado muy arcaico que separaba lo natural (como las personas, los animales o las plantas que se mueven por sí mismas) de lo artificial (una piedra o un zapato, que hay que moverlos) Desde entonces, comenzó el gran miedo: si un aparato creado por nosotros ha sido capaz de copiarnos lo más esencial, ¿cuánto van a tardar en suplantarnos?

Black Mirror lleva hasta el extremo el miedo a la tecnología haciendo que cada una de sus triunfos se convierta en una pesadilla. Su enorme éxito nos pone un espejo delante. Un espejo distorsianado pero que, sin duda, resulta verosímil. Y eso es lo que justifica la distopía: no que sea verdad, sino que pueda llegar a serlo. 

El gran Andy Robinson, en un artículo publicado en CTXT, advierte sobre la importancia de dejar de escribir distopías porque, «la catástrofe es la mayor amiga del fascismo» y porque, inconscientemente, ayudamos a normalizarlas. No es la primera vez que se responsabiliza a la ficción de lo que pasa en la realidad, como si lo más esencial no fuese que la ficción la hacemos nosotros y que en ella proyectamos nuestros deseos, inquietudes o miedos.

Que el panorama serievisivo nos ofrezca en masa distopías dice mucho de nosotros, porque el futuro no existe y cada presente proyecta un futuro distinto. Y nuestro presente lo grita a los cuatro vientos: estamos asustados. Cualquiera que dentro de unas décadas vea nuestras series va a poder entender nuestros miedos. 

Advertencias como la de Robinson parecen olvidar que no somos los primeros en proyectar catástrofes. El mayor best seller de la historia, la Biblia, contiene la distopía más poderosa que se ha escrito hasta ahora: el apocalipsis. ¿Es que antes no había miedos y catástrofes? Claro que antes había catástrofes, y muy graves. Pero existía un marco común de interpretación que permitía integrarlos en un universo de sentido: que había un terremoto, eso es porque el Dios Shiva se ha enfadado; que se me estropea la cosecha, alguien de mi familia ha debido pecar mucho este año. 

Pero ahora que Dios ha muerto y que nosotros solo somos humanos, demasiado humanos, ¿a quién le atribuimos los males?, ¿qué sentido le damos al miedo? Sabemos que estamos solos, por eso nos lanzamos advertencias. Las series que consumimos tienen un alto contenido moral. Señalan aquello que no queremos que llegue. Lejos de retroalimentar la distopía, las series que consumismos actúan como una advertencia. Ya no le podemos pedir cuentas a Dios, pero a lo mejor, en unas décadas, aparecen hordas de productores de series diciéndonos ¡te lo dije!

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