Censura y ficción

El debate sobre los límites de la libertad de expresión le cortó la risa a Europa a golpe de pistola, mientras en España nos despertamos del sueño a golpe de caso mediático: desde los titiriteros, pasando por Cassandra Vera hasta la sonada bandera de Dani Mateo o el humor negro de David Suárez, han hecho que nos planteemos no sólo qué deben hacer los artistas, sino qué podemos decir cada uno de nosotros en las redes sociales.

En este barullo el fantasma de la censura merodea por encima de todas las opciones políticas: lo mismo se pone del lado de la Asociación de Abogados Cristianos para recordar que en nombre de los sentimientos religiosos Abel Azkona o Drag Sethlas deben acabar en chirona, que se convierte en una masiva recogida de firmas pidiendo que se retire un libro del mercado por considerarlo machista. El mismo acto de petición de censura a una obra de ficción se hace en nombre de posiciones ideológicas antagónicas, solo que son los segundos quienes hablan en nombre de la corrección política reclamando un estatus cualitativamente distinto a los primeros. 

Lo políticamente correcto es importante porque la civilización limita con la barbarie. El problema aparece cuando limita con la censura, que es la que no entiende de opciones políticas y se vende al mejor postor.

Además, el combo entre libertad de expresión y corrección política es un cóctec mólotov. La primera es uno de los flamantes derechos humanos, pero la segunda no tiene una definición tan clara y, sobre todo, carece de traducción jurídica directa. El terreno se vuelve todavía más resbaladizo porque aunque nació de la mano de la izquierda estadounidense y conserva un sesgo progresista, nadie sabe muy bien lo que significa el término porque su significado está en constante cambio. Y tiene que estarlo porque una de sus funciones es provocar cambios de percepción en el entorno y ayudar, por medio del lenguaje, a implantarlos. Pensemos en un ejemplo concreto: empezamos hablando de «minusválidos» o «discapacitados», pasamos por referirnos a «personas minusválidas», hasta llegar al actual «personas con capacidades diferentes» dando a entender algo que ya debería ser aceptado; que todos tenemos capacidades distintas y que es el baremo desde el que se nos mide (la policía de la normalidad) la que decide nuestro grado de capacidad. Cuando actúa así, lo políticamente correcto está del lado de la civilización. Pero no olvidemos que ésta limita con la barbarie.

La bárbara censura es precisamente lo que imaginamos que existía en el pasado. Antaño, la censura campaba a sus anchas en la vida y en el arte, por eso todas las publicaciones debían contar con el beneplácito de las autoridades para ver la luz: los desnudos, las interpretaciones bíblicas desviadas, o los improperios de cualquier tipo apenas podían colarse en los libros y museos. Con la misma nitidez solemos imaginar a los legisladores, que dejaban caer el peso de la ley con mano dura porque tenían una interpretación clara en la que ampararse.

Pero cuando se dice que el enemigo a batir era una censura clara menguamos la importancia de esas otras formas sibilinas de saltarse el statu quo que siempre han estado ahí; criticar a un rey por lo bajini, publicar artículos satíricos, escribirse cartas prohibidas, o acordarse reiteradamente de la familia del dictador de turno han formado parte de la literatura oculta hasta bien entrado el siglo XX. 

Hoy vivimos una situación paradójica: nuestra concepción de la ley es heredera de la Ilustración (e impone encontrar una norma que valga para todos los casos porque se ampara en la idea de una racionalidad universal), pero vivimos en sociedades relativistas y multiculturales que han acabado con los significados comunes.

Lo que olvidan los nuevos censores no es que vivamos en sociedades plurales, sino que el arte no puede tener un significado recto porque forma parte del terreno de la ficción. Quienes lo censuran presuponen que tiene un significado recto, que es precisamente lo que se necesita para que pueda ser juzgado. Algo que no solo sería letal para el propio arte, sino para disciplinas como la filosofía o la historia del arte.

Puesto que el arte forma parte del terreno de la ficción, su significado no tiene por qué ser ni recto, ni común. Desde las vanguardias históricas muchos artistas se han instalado en un terreno contestatario y rebelde que ha buscado destronar a la tradición del significado único por medio de diversos dispositivos; desde la pura provocación (a la burguesía, pero incluso a los propios vanguardistas), hasta la reclamación de una interpretación abierta (enfrentando la idea del significado establecido), o incluso reivindicando la destrucción de cualquier significado (una llamada nihilista que enarbola la bandera de la pérdida de sentido). La multiplicidad de sentidos campa a sus anchas y todos parecen querer huir del significado único.

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Bansky

Ahora bien, que no tenga un significado recto no quiere decir que no tenga ninguno. De hecho, muchas veces el significado es tan nítido que nadie duda de él. En ello se ampara el humor negro, que hace gracia intencionadamente sobre significados comunes que se saben políticamente incorrectos. Sus detractores aluden a dos argumentos principales; que remarca la diferencia entre el opresor (quien hace el chiste), y el oprimido (el objeto del chiste), y que fomenta estereotipos. Efectivamente, todos entendemos su significado porque refuerza lugares comunes (las mujeres a fregar, las personas inmigrantes roban, y los homosexuales siempre son hombres y afeminados…), pero suele dejar de lado dos datos importantes; que los motivos de la risa pueden estar desviados del significado establecido (Freud nos legó innumerables muestras de los motivos de la desviación de la risa) y que, precisamente por ello, los aludidos pueden apropiarse de ello, como ha sucedido con el término «maricón».

Estas apropiaciones buscan minar desde dentro el significado establecido, algo que no siempre se está en condiciones de hacer. Que en algunas ocasiones se den las condiciones para cambiar los significados ni le resta intencionalidad dañina al chiste, ni significa que no pueda herir sentimientos reales y, por supuesto, tampoco exime al humor de fomentar estereotipos. El problema está en la pretendida transformación de esa intención a lo jurídico, que necesita de ciertos hechos para poder ser demostrado.

En ese terreno baldío entre la ficción y la realidad es donde aparecen las controversias. Más cuando muchos artistas buscan expresamente acabar con las fronteras entre el arte y la ficción. No sólo han inventado las performances haciendo saltar por los aires la dualidad entre la obra de arte y el espectador, sino que han proclamando que el arte está en la vida. No es necesario que se haga en los museos (allí puede haber desde urinarios masculinos, hasta mierda), sino que puede encontrarse en un descampado.

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La mayor acusación contra el humor y el arte es que se vuelva real, es decir, que salga del terreno de la ficción. El debate no está en su significado, sino en su relación con los hechos. Nadie se toma tan en serio al arte y al humor como los censores.

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