Impresoras de deseo

El señor Willy Wonka, en Charlie y la fábrica de chocolate, está ensayando un nuevo invento:

– Imagínate -dice el genio pastelero- que estás sentado en tu casa frente al televisor y te apetece esa chocolatina que estás viendo en la pantalla. Entonces alargas la mano y la coges.

Uno de los cinco niños que ha ganado el concurso para visitar la fábrica –el cerebrito de los videojuegos que ha conseguido descifrar el complejo problema de probabilidad matemática para hacerse con el premio– protesta inmediatamente.

– Eso no tiene ningún sentido.

– Claro que lo tiene  -contesta Wonka-.

Aparecen entonces un grupo de Oompa-Loompas portando una enorme chocolatina.

– ¿Por qué es tan grande esa chocolatina? -pregunta Charlie-.

–Porque si una persona de tamaño normal sale muy pequeña en la pantalla, si queremos que la chocolatina salga también en un tamaño normal, tenemos que meter una gigante. Es un principio simple -contesta Wonka-.

– Eso no tiene sentido y usted es un bobo. ¡Ha creado la transmutación de elementos y ni siquiera es consciente de ello! -arremete el cerebrito-.

A pesar de ser un adulto, Wonka ha dado una contestación dentro de la lógica infantil, que es lógica pero cualitativa, como antaño la de los griegos. El niño repelente, en cambio, se comporta como un adulto. Por eso cuando el invento finalmente tiene éxito él pide más; no quiere sólo chocolate como los niños, quiere que la rueda del deseo siga girando y poder transmutar otras cosas. Sorprendentemente, a pesar de estar tratando sobre objetos, inmediatamente piensa en trasladar personas. Pero, en esta historia en la que la lógica de la adultez es constantemente castigada, el repelente niño se queda atrapado en su peor pesadilla: que la lógica infantil sea cierta y que él no sea más que un pequeño ser con voz de pito al que ni siquiera le funciona que le alarguen artificialmente, porque el resultado es a todas luces ridículo.

El libro de Roald Dahl, escrito en 1961, saborea una idea que muchos ingenieros quieren realizar en el siglo XXI: imprimir el deseo en la realidad por medio una máquina. Aunque su autor escribió el libro en la época en la que la televisión era el medio de masas por excelencia, podemos reconocer su filia como enormemente actual; ¿cuántas veces al día no queremos que las imágenes se transformen en realidad?, ¿a qué responde el invento de la impresora si no al principio de conversión de deseos en realidades? 

La inversión del universo anglosajón de Charlie y la fábrica de chocolate la encontramos en la película The ring: allí los deseos más oscuros salen de la pantalla, pero esta vez para aterrorizarnos. Cuando la niña siniestra atravesó la pantalla del televisor sembró el pánico en toda una generación, que entendimos al instante que si desaparece la frontera entre el mundo de la ficción y el de la realidad la perversión podría campar a sus anchas sin estar limitada.

La niña de “La señal” saliendo de la pantalla

Uno de los inventos más espectaculares en este juego fantasmático de la conversión de deseos en realidades es el de la impresora 3D. Este aparato de promesas soñadoras funciona gracias a un mecanismo insultantemente simple: primero divide el objeto en capas y luego los junta. Me causó un enorme desasosiego descubrir cómo funciona, como supongo que le sucederá a los niños cuando se enteran de que los trucos de magia son sólo trucos o que los reyes son sólo padres, y preferirían no haberlo sabido para poder seguir disfrutando de una esfera gobernada por la magia, respirando en una confortable atmósfera donde la racionalidad no lo invade todo.

Los filósofos y teólogos se han devanado los sesos con el tema de la transmutación de las almas, olvidando que lo verdaderamente asombroso sería el experimento de Willy Wonka: la transmutación de los cuerpos. En la época de la reproductibilidad técnica, nada sería más lógico que poder hacer salir de la pantalla aquello que deseamos, sobre todo en su vertiente más física: los olores, los sabores, o incluso los cuerpos. El mundo sería mucho más bonito si consiguiésemos sacar de la pantalla con tan sólo alargar la mano a, qué sé yo, Nicolas Le Riche: que pase de estar bailando el Bolero de Béjart piano piano pero in crescendo en la Ópera de París y que pueda terminarlo en tu casa. Claro que también sería más siniestro. 

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