Filosofía low cost

¿De dónde procede el imperativo machacón de que los textos de filosofía deben poder ser entendidos por todos, y no sólo por los versados en filosofía? ¿por qué tantas tesis doctorales en humanidades se esfuerzan por dejar constancia de que pretenden estar escritas en un lenguaje asequible, y que pueda ser entendido por todos? Y lo que es más importante, ¿por qué esta exigencia sólo recae sobre el ámbito de las humanidades?, ¿alguien imagina a un investigador en ciencias puras o, mejor, en ingeniería, rebajándose a la fórmula buenista de intentar escribir de una forma que pueda ser entendida por todos?, ¿quién es ese «todos» para el que hay que escribir de forma llana y simple?

A esta exigencia subyacen al menos tres gilipolleces ampliamente extendidas; la incursión del estilo periodístico y divulgativo en las humanidades, la proyección de un Otro inútil incapaz de entender la complejidad textual, y la profunda asimilación por parte de ciertos expertos de una cantinela que se les ha repetido hasta la saciedad: el elitismo rebuscado de los textos de filosofía, que a su vez es una mímesis del elitismo malnacido que tendría la propia filosofía. A la sana pretensión de hacerse entender y de no añadir complejidad innecesaria a una disciplina que ya la tiene, se le unen axiomas con un calado de acomplejado mediocre que apestan. Analizar este fenómeno desde estos puntos de vista permite dejar de lado la única perspectiva que prevalece en este debate: que si un autor no escribe de una forma sencilla que pueda ser entendida por todos es porque no es capaz de hacerlo, porque no ha entendido del todo lo que quiere decir o, incluso, y como sospechan la mayoría, porque es un pedante confeso. En todo caso, está preso de un fallo fundamental.

El uso de un lenguaje específico es el principal campo de batalla de cualquier saber propio. Es síntoma de haber adquirido la distancia que permite generar un corpus propio y lo que diferencia unos saberes de otros. Pero es también lo que les permite funcionar en el mundo práctico. Por eso las ciencias puras no sólo no ponen en cuestión su lenguaje propio, sino que se enorgullecen de tenerlo. Frente a ellas impera el respeto y hasta la pleitesía de quienes ostentan un saber tan complicado como necesario. A ningún científico se le acusa de dedicarse a cosas que sólo entienden unos pocos, ni se culpa a sus grupos de investigación de dedicarse a la masturbación intelectual. La exigencia de hacerse entender por todos sólo recae sobre las humanidades precisamente porque se les acusa de dedicarse a cosas que, al fin y al cabo, no se traducen en ninguna utilidad práctica; es por eso que se puede respetar que los médicos, ingenieros aeronáuticos o físicos utilicen un lenguaje rebuscado pero, ¿los filósofos?, ¿de qué van? 

Esta demanda se le hace a la filosofía, a la historia del arte o a la filología, al menos por varios motivos: por un lado, porque se desconoce que carecen de un lenguaje propio tan complejo como el de las ciencias y, por otro, y derivado de lo anterior, porque eso les lleva a considerar que su reino es de las letras y, por lo tanto, el del lenguaje y, ya se sabe, el lenguaje es de todos. Todo el mundo tiene derecho a poder entender lo que se dice en sus líneas, lo contrario sólo puede explicarse por un capricho particular de autor que busca enrevesar un discurso que, además, en el caso de la filosofía, nació siendo público. Doble pecado porque encima pervierte el sentido original de la filosofía, que como todo el mundo sabe nació gracias al empeño de Sócrates, un simpático varón que como el propio Jesucristo no dejó nada escrito pero del que se dice que se paseaba por la plaza pública con su melenaza rizada y sus sandalias preguntándole a la gente cosas de filosofía (ya se sabe, que si qué es para ti la justicia, que si cuál consideras que es la mejor forma de gobierno para Atenas, etc.) y, por lo tanto, importunándoles en lo más profundo de su ser (porque cuando un desconocido te para por la calle igual te parece un plasta porque ahora sólo nos paran testigos de Jehová, los de las ONGs o, los del Círculo de Lectores, pero cuando Sócrates le hacía preguntas a sus conciudadanos conmovía su corazoncito al inocularles el gusano del saber atemporal). El caso es que gracias al bueno de Sócrates se entiende que la filosofía nació en diálogo con el otro y, por lo tanto, tiene carácter público. Pero ojo, ese tufillo público que reviste a la filosofía y que usan los defensores de la obligación de escribir filosofía de forma simple para no importunar el espíritu de los bobos, no se refiere a la discusión pública de las ideas, sino a la capacidad de ser entendidos por todos, como si los textos de Platón y Aristóteles hubiesen sido alguna vez best-sellers, o si como incluso los supuestos best-sellers griegos (las obras de teatro, you know) no hubiesen sido leídos sólo por un ínfima parte de petulantes varones.

Frente a esta idea comúnmente extendida entre los amateurs y los apologetas de lo simple, lo cierto es que si hay una característica que persigue a la filosofía cuan garrapata veraniega a mascota peluda es la del párrafo largo: en las obras fundamentales de filosofía hay páginas enteras en las que no hay un mísero punto y aparte. Esto se debe a que lo que prevalece es el desarrollo de conceptos por lo que, hasta que no termine la explicación de una determinada idea, el autor no cambia de párrafo. Este empeño por hacer corresponder el estilo con el contenido ha campado a su anchas hasta bien entrado el siglo XX. Y qué gusto. Qué gusto las parrafadas, darling, qué coherente que a ningún editor se le ocurriese decir, ¿no crees que tu lector se agobiará si no ve puntos y aparte en tres páginas?

Frente a ello, prevalece ahora la idea de cortar párrafos, escribir de manera accesible y lavarle el agua a un lector al que se presupone idiota perdido: este supuesto lector actual se asemeja mucho al alumno del que hablan TODAS las nuevas pedagogías: al igual que ese alumno que abarrota los libros de pedagogía (un inútil incapaz de entender nada sin que un profesor acomplejado por sus conocimientos utilice técnicas pedagógicas de nuevo cuño y novedosas tecnologías para que su alumno no sólo sea capaz de entender cuatro cositas, sino que incluso esas cuatro chorradas le resulten interesantes) el lector medio de humanidades se presupone un tontolculo incapaz de tomarse la molestia de profundizar un poquito en un libro que, por lo demás, él mismo ha decidido leer. Estas proyecciones no definen al Otro (al alumno o al lector) sino al que las emite.

De esta proyección proviene la acusación de querer liar la marrana más de lo debido, que ha degenerado en una malsana interpretación del origen de la filosofía: dicen que hacer ostentación pública del saber no era cosa de Sócrates, que él sólo hacía preguntas correctas, es decir, no imponía contenidos sino que permitía a los otros que ellos mismos llegaran a ellos. Usando una patraña similar, que envenena el sentido mismo del primer método filosófico, se dice que el actual profesor es más un facilitador que un docente, porque resulta que no tiene que imponer su conocimiento ni hacer ostentación de él (pues eso podría violentar al alumno haciéndole sentirse inferior y además apesta a superioridad intelectual, qué diantres), sino que sólo facilitan que salga a la luz un saber. De la misma manera, se le impone al escritor facilitar el contenido a un supuesto lector al que imaginan, a todas luces, como a un gilipollas integral.

Habría que revisar cuánto ha contribuido al discurso de la simplicidad masiva la acusación de elitismo que la izquierda ha hecho a la burguesía (y que ésta, no nos olvidemos, le hizo antes a la Corte) y, por consiguiente, a los intelectuales. Antes de la novela, el teatro fue el género de masas, pero el ensayo filosófico nunca lo ha sido: a pesar de ello, Marx y Engels se vieron en la obligación de traducir en su Manifiesto Comunista (un panfleto) un contenido de alta alcurnia (tal alto que procede de Hegel) porque el comunismo necesita que su contenido pudiese ser leído por todos los proletarios. El principal bagaje de este libro es el estilo, no el contenido. En él se advierte una cantinela ampliamente repetida en la izquierda todavía en la actualidad: el lenguaje es del pueblo, es decir, de todos, pero de un todos homogéneo e indiferenciado que recorre Europa como un fantasma. Al escritor forjado consciente o inconscientemente en este estilo le aterra que le acusen de elitista, de no saber ejercer la empatía con los que no saben, porque eso es típico de las clases altas que, ya se sabe, no tienen corazón, es decir, no se rigen por el gobierno de las pasiones (no saben lo que es la necesidad, la pobreza y, por lo tanto, no se han ejercitado en la empatía), o peor, de los intelectuales, esos señores que se encerraban en los salones a debatir sobre cosas que (¡¡atención!!) no sirven al pueblo.

A pesar de todo ello, no se puede ocultar que esto es una mentira a voces: nadie es capaz de entender un texto filosófico sin hacer un esfuerzo específico, de la misma manera que nadie es capaz de leer sobre ingeniería aeronáutica sin el lenguaje y estudio previo necesario para ello.

Pero la actual cruzada contra la complejidad, de la que la filosofía, como cualquier saber especializado, sólo puede salir malparada, tiene su principal escollo en la proliferación de la divulgación y en el uso de las técnicas periodísticas en las humanidades. Esto ha permitido la homogenización del lenguaje de las humanidades. Sálvese quien quiera. 

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